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Estambul

Cuentos y relatos globales. 17.01.10 

Parisa Aryán. parisa1979@gmail.com  Madrid.
Todavía tengo grabada a fuego en la retina tu imagen en ese bazar de Estambul.  Tu piel morena, tus ojos intensos, los pintorescos colores y olores que te rodeaban. Fui víctima inmediata de tu aura, de tu presencia que contaba sin palabras mil y una historias de princesas  orientales y de desiertos, de luna, incienso y granada...    Te acercaste a mí en aquella tetería casi vacía, donde yo estudiaba con cierta  preocupación un incomprensible mapa de la ciudad y te ofreciste a ayudarme. Desde el momento  en el que me dirijiste la palabra, supe que nunca te podría olvidar. Por eso fui incapaz de rechazar  tu ofrecimiento de acompañarme, de mostrarme la ciudad... Resistirme habría sido un esfuerzo  en vano, mi alma ya estaba atada a ti sin remedio.

  En aquella callejuela sucia, escondida de todo y de todos, mi impaciencia, como siempre,  me ganó la batalla y, sin poder contenerme, me acerqué a ti. Mi pecho rozó el tuyo, mi mano se colocó suavemente sobre tu brazo, acerqué mi cara a tu cara y sentí tu aliento cálido sobre mi  mejilla. Agachaste la cabeza levemente y tus labios buscaron mi cuello, rozándolo varias veces  seguidas, sin llegar a besarlo. Cerré los ojos. Mi respiración se volvió agitada. Noté cómo el rubor  subía por mis mejillas y mi cuerpo comenzó a arder de tal manera que, en esa fría tarde de  invierno, tuve la necesidad imperiosa de quitarme el abrigo en plena calle. 
 
Sin embargo, no me moví. 
 
Abrí los ojos de nuevo y te miré. Tenías la mirada clavada en mi boca. Bajé los ojos hasta tus  labios, rosados, algo pálidos por el frío, rodeados por tu barba de dos días, tan apetecibles que tuve el impulso inmediato de cubrirlos con los míos. 
 
Y aún entonces, no me moví. 
 
Me quedé completamente quieta, saboreando ese momento, esperando a que tú dieras el primer  paso. 
 
Tras unos segundos, vi cómo tu cara se acercaba lentamente a la mía. Suspiré y el frío  hizo que mi respiración se hiciera visible y que los dos la viéramos viajando de mi boca a la tuya.
Seguiste acercando tu cara hasta dejarla a un par de milímetros de la mía y ahí esperaste durante  unos segundos. Finalmente, los dos recorrimos a la vez la distancia que faltaba y nuestros labios  se unieron en nuestro primer beso. 
 
Nuestras bocas se movieron, atrapadas la una en la otra. Tu lengua separó un poco más  mis labios y se introdujo en mi boca. Mi lengua la recibió impaciente y ambas se abrazaron en un juego espontáneo y, sin embargo, perfectamente coreografiado, delicioso, que las hacía buscarse  cada vez con más ansiedad. 

 
Sabías a tabaco y a menta.
 
Mis brazos rodearon tu cuello y tú me rodeaste la cintura y me empujaste muy  suavemente contra la pared que teníamos detrás. Me abriste el primer botón del abrigo, que  quedaba justo por debajo del cuello, y separaste un poco las solapas. Bajaste la cabeza y me  besaste la parte superior del pecho tres veces, para luego subir por el cuello, por la mejilla  derecha, pasar por mis ojos cerrados y volver a los labios, que ya volvían a buscar a los tuyos casi  con desesperación.
 
De pronto oímos cómo un vendedor ambulante doblaba la esquina y entraba en la  callejuela. Nos separamos y seguimos caminando. Los colores y olores de Estambul nos rodeaban,  pero yo solamente sentía tu esencia y el sabor de tu boca en la mía. Entramos en la calle principal,  llena de puestos de especias y de fruta. Había tanta gente que casi no podíamos caminar. Un vendedor de especias me puso una bolsa de tela llena de azafrán delante de la cara, incitándome a  comprar. El olor impregnó mis fosas nasales. Sonreí. Me di la vuelta para compartir esa maravillosa sensación contigo. Y entonces me di cuenta de que ya no estabas. Te busqué con la  mirada y después me moví todo lo rápido que pude por el bazar abarrotado, buscándote... habías  desaparecido.
 
 No volví a verte. Te seguí buscando durante días, en cada rincón de Estambul, en cada  calle, en cada tetería. Te habías desvanecido como un espejismo. Llegué a pensar que te había imaginado, que nunca habías existido, pero sabía que no era así. 
 
Lo sabía porque, incluso en el avión de vuelta a Madrid, seguía revoloteando en mis labios  el sabor a tabaco y a menta de tu boca.
 

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