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Adios Osito

Lydia Tapiero Eljarrat. 25.11.10 

Con este relato me uno al grito de todas las personas que han sufrido el acoso en sus carnes y al grito de los muertos por violencia de género. Y con la misma fuerza les llamo para que recuperen la fuerza y sean ellas las que guíen sus propias vidas.
ADIOS OSITO :

Era incapaz de sentir la cuerda en el cuello, nada más saltar me alejé en el tiempo hasta llegar a mi dormitorio cinco años atrás, en el momento en que guardaba el regalo de papá. Una comba mágica que se estiraba o encogía cuando se necesitaba. Porque ella como mi padre siempre sabía lo que tenía que hacer. Me fijé en la cama, en el osito que mamá insistió en comprarme a mis 12 años. Esa noche dormí poco, los llantos y gritos de mamá me despertaron. Después escuché pasos que se hicieron cada vez más fuertes y recé para que volvieran a alejarse. Dios no me escuchó y la puerta se abrió mostrando la imagen de mi padre. Cerré los ojos con fuerza, intenté desesperadamente recordar que había hecho mal. Papá se acostó, pegó su cuerpo a mi espalda y sus manos se deslizaron por debajo del pijama hasta encontrar mis pechos. ‘¡Se buena chica!’, me susurró. Y yo lo único que quería era ser buena, agarre mi osito y no me moví. Notaba mis pechos hinchados y los odiaba.  Pasó el tiempo y estos siguieron creciendo, como las visitas de mi padre, como los llantos de mamá y como el tiempo que pasaba con mi osito.

Seguí avanzando en el tiempo hasta llegar a mis quince años, cuando me aferré al pomo de la puerta y tiraron de mí hasta que el sudor de las manos resbaló por el metal. Desde entonces me quedé sola en este internado. Ya no vivía las pesadillas, pero las soñaba todo el tiempo. Anoche reviví una tras otra las visitas de mi padre. Me hacía mucho daño, intenté moverme pero sus brazos eran de acero, no podía gritar porque los llantos me fundían la voz. Me desperté aterrada, apenas podía respirar y un sudor frío me empapaba la frente. Estaba muy oscuro, palpé la cama en busca de mi osito girando desesperada hacia un lado y el otro. Pero no estaba. Encendí la luz y me fui directamente al cajón, cogí la comba mágica. Esta me guió directamente hacia el peluche. Se había escondido debajo de la cama, me había abandonado. Después la comba me marcó como hacer el nudo, yo la colgué con torpeza de la lámpara, aunque ella supo adherirse. Desde la silla del escritorio salté para liberarme. Un   momento antes de mi último aliento, sentí que la vida empezaba a pertenecerme, solté a mi osito, y fue en ese momento cuando la comba se alargó hasta dejarme en el suelo y fue en ese momento cuando mis pechos se tornaron hermosos.

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