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I Certamen Literario de Relatos Breves Motril de antaño
Francisco Miguel López Jiménez. 24.10.14 
Ayer tuvo lugar la entrega de premios  I Certamen de Relatos Breves Motril de Antaño, en el Museo de Historia de la ciudad. Entre los galardonados le fue otorgado el segundo accésit al escritor y vecino alhaurino, Francisco Miguel López Jiménez por su relato “Aguas estancadas”. Los premios Fueron entregados por la Concejala de Cultura señora Elena, miembros del jurado y Pepe Morales, creador del servidor y de la página “Motril, Recuperar la Historia”. El acto se desarrolló ante un concurrido público con destacadas personalidades del mundo de la cultura y de la política.
A continuación se suscribe el relato del premio del segundo accésit.

“Aguas estancadas”

A pesar de ser el periodo más seco del año hoy ha amanecido lloviendo. El cielo está cubierto por densas nubes negras. Un día de los llamados grises. Las gotas son gruesas, esas que forman pompas al impactar contra los charcos del suelo. Las pajaritas (lavanderas blancas) o pájaros de las nieves caminan sobre la tierra mojada con majestuosidad solemne, buscando algo que llevarse al pico. Es un ave de las especies inferiores de las paseriformes que anuncian o preceden a  épocas más frías.  Estas avecillas no dan pequeños saltos, a dos patas, para desplazarse, sino que caminan como las aves superiores,  gallinas o pavos.
Ana ha preparado una cesta de mimbre con las viandas correspondientes, para pasar todo el día en el campo. Es una mujer joven y morena, de melena corta y ondulada. Ojos grandes brillantes y azules como el mar. No muy alta y delgada. A pesar de ser joven ya es madre de dos niños, Andrés y Martín. Ambos de muy cortas edades, de cinco y de tres años. Ana los ha vestido un poco más desaliñados,  con ropa, aparentemente, más husada. Los tres esperan a Antonio José. Es el padre de los niños y marido de Ana.
El hombre, de seis años mayor que la conyugue, es poco hablador y orgulloso. Desde que se independizó de los padres, para formar su propia familia no levanta cabeza. La economía familiar está, por costumbre, al límite de las posibilidades. Apenas si entra en la casa un mísero jornal en toda la semana. Siendo descendiente de terratenientes acomodados  lo dejó todo por amor.
Antonio José apenas sabe leer y escribir, sólo lo suficiente como para desenvolverse, aún con dificultad. Entre letras y números lo justo  de un joven rebelde que hace novillos durante la edad escolar. Se recorta con mesura y presuntuosidad el ridículo bigote con la tijera de costura, mientras, el cigarro consume la paciencia sobre el borde de la pila de lavar, situada en el patio.
Todo está preparado para la salida, el hombre se cuelga una talega al hombro y amarra tres espuertas de esparto al portaequipaje de la bicicleta. Sube encima de ella a los dos niños y les indica que se agarren muy fuertes.  Uno al sillín y el otro a la cintura del hermano mayor. El matrimonio camina a cada lado de la bicicleta, la madre pendiente de los niños, con la cesta al brazo. El padre dirige la bicicleta marcando el trayecto.
En algo más de una hora llegan a las Zorreras, Ana muy pendiente de Martín que no se caiga de la bicicleta, pues va dando cabezadas de sueño. El hombre ha arrendado un trozo de tierra de secano, en un repecho próximo a un dique. Del cual extrae el agua, para regar un plantel de tomates, de unos cien metros cuadrados. Con la venta de la cosecha  pretende ayudar  al sustento familiar. Al menos es más provechoso que quedarse cruzado de brazos, impotente, frente a la calamidad o apearse del orgullo y pedir ayuda a la familia..
El matrimonio emprende la tarea de hortelanos y comienzan a recolectar los tomates ya pintos. Pues sólo puede transportar en el portaequipaje de la bicicleta las tres espuertas, pero dará  los viajes necesarios,  a la casa, hasta recoger toda la cosecha del día. Entretanto, Andrés y Martín juegan en la tierra gris, árida y suelta del secano.
-No os alejéis mucho y no acercaros al dique del barranco- les previene la madre. Se ha colocado un pañuelo en la cabeza, para cubrirse del sol.
Los niños juegan entretenidos en sus boberías mientras los padres se afanan en la tarea. Martín le pide a la madre un tomate, el estómago le hace unos ruidos extraños, siente el apetito de las doce del medio día. Ana  lava el solanum con un poco de agua de la botella, el tomate tiene restos de azufre. A pesar de haberlo pasado por agua está muy caliente. El sol que, había salido alrededor de  las diez de la mañana, va dejando el fuego de su aliento en todo aquello que toca.
Martín se aleja comiendo el fruto ácido y caliente. Baja por el repecho hasta el barranco, desobedeciendo a la madre. Andrés está entretenido en las mediaciones del dique, comiendo las puntas blancas de los juncos. Al parecer están sabrosos y tiernos, para ser engullidos por el apetito del niño.
El pequeño se acerca a degustar lo que el hermano come con tanto ahínco. Es curioso que los juncos que, se emplean para enristrar los tejeringos,  se coman y estén buenos de sabor, piensa Andrés. Impulsado por la glotonería Martín se adentra en el fangal del dique. De momento el barro  sólo le cubre las sandalias de goma blanca.  No se percata del fango ni del peligro y avanza arrancando juncos.  Cada vez tiene los pies más hundidos en el lodo y le resulta incómodo desplazarse. Sin tener en cuenta por dónde camina, si hacia adelante o hacia atrás, se ha ido adentrando al interior de la balsa de agua estancada y ha pisado en falso. Está atrapado hasta la cintura de barro y no puede mover las piernas en ninguna dirección.
-¡Andrés, Andrés¡- grita desesperado, ahogando la voz.
El hermano no se ha dado cuenta de la situación de Martín y tampoco le oye gritar. El pequeño no quiere elevar el grito, para no alertar a la madre. Le ha prohibido acercarse al dique y no le ha obedecido. Tiene miedo a la reprimenda o castigo que le pueda acarrear no haberle hecho  caso.
El miedo se expresa en sus ojos y en las pequeñas manos que intentan agarrarse a los juncos, para no hundirse. El tarquín le sobrepasa la cintura y presiente, con angustia y pánico, que es el final. Una vida corta que se detiene frente al posible futuro es muy triste. Martín ha perdido de vista al hermano y no lo distingue entre la vegetación.  Son unos momentos de verdadera locura, para el pequeño. Desaparecerá entre el fango, sin dejar un rastro,  como si no hubiera existido. No hay un átomo de esperanza que lo libre de aquella tragedia.
En el último esfuerzo por salir de ahí se aferra a los tallos de las aneas  y lentamente se tumba sobre el fango viscoso. Paraliza el movimiento del cuerpo y actúa sólo con las manos, en una frialdad impropia de esa edad, para impulsarse mediante el arrastre. Muy despacio, pero con intenso esfuerzo, va nadando por el barro valiéndose de las plantas. De pronto nota como una sandalia se le ha enganchado a una raíz y no puede avanzar. Con la misma lentitud  y aplomo se ayuda con el otro pie, para liberarse. Consigue desprenderse del calzado y con ello queda libre.
-Martín levanta que nos vamos al campo- la llamada de Ana lo despierta sobresaltado. Por un momento se queda sentado en la cama, sin poder reaccionar, intentando poner en orden los pensamientos.
Se mira las manos, los brazos, se palpa el rostro, buscando restos de barro. Empieza a comprender que todo ha sido un horrible sueño. Con bastante esfuerzo intenta indagar en su mente, para encontrar el punto donde quedó la historia, tal vez soñada. La memoria no lo ayuda en nada, se ha quedado, completamente, en blanco.
A veces los sueños se pierden en el limbo de la mente y no hay manera humana de extraerlos nuevamente al momento real.
-Martín, venga que nos vamos al campo a recoger tomates, levanta ya- vuelve a insistir la madre.
-¡Puff¡- resopla el crío como fatigado. Aquello sí es verdad, una increíble coincidencia.
-Anoche tuve que emplearme a fondo, para lavar la ropa, estaba tan llena de barro que parecía que te hubieras bañado el él- comenta Ana.
Martín está más confuso, si cabe, con las palabras de la madre. Es probable que estén yendo al campo en los dos o tres últimos días y todo ha sido un mal sueño. La ropa manchada de barro es meramente una casualidad. Quiere descifrar la incógnita dentro de su cabeza y cree que todo es un aviso del subconsciente que le ofrece una segunda oportunidad. Un alto en el camino, para emprender otra ruta con distinto comportamiento, pero en qué puede equivocarse un niño de tres años.
-¡Venga, Martín, ya se nos hace tarde!- y  añade- Por cierto ¿dónde has dejado la otra sandalia?, no la encuentro por ninguna parte-
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