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Su opinión Patrocinadores Normas Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca 11 usuarios en línea • Sáb. 15 de Dic. de 2018

Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
De los pulseadores locales y "El León Americano"

Cuentos y relatos globales. 10.11.18 
A veces el león sí es tan fiero como lo pintan…
Escribe; “el Mono de Atala”.-
Lo de los pulsadores no es nada nuevo en el   mundo. Es viejísimo.  En  la  Roma antigua ya existían. Campesinos  radicados  en  sus  zonas  montañosas eran los  más  destacados en estadas  lides y  llevados  al  Coliseo Romano  para  hacer al pueblo  demostraciones  de  ello.  Así  también, entre  los  vascos, en  la  región  de Euskal Herria, muchos de ellos gozaron de reconocimiento en competencias de dominio con  reconocimiento  extendido desde  las Galias (Francia) hasta  los  puertos  del mar Cantábrico.
Al parecer, el  pulseador  vasco  de mayor  renombre  fue  un tal Arburu, un  campesino que  únicamente se  ocupaba de sus  tierras  y animales. Era un hombre  colosal. El  hombre  más  alto  entre ellos  le  llegaba a los   codos. Tan fuerte  como  grande. Él solo  podía  hacer  el  trabajo de cuatro  bueyes tirando  del arado. No tenía familia, y nadie sabía de dónde venía, por  lo que sus vecinos estaban convencidos de que era un  gentil o  un gigante pagano llegado de las montañas; pero como era discreto y colaboraba en las tareas del pueblo, todos lo querían y respetaban.

Entre nosotros, (cuando  digo  nosotros  me refiero a los  forzudos  de  mi  pueblo  natal, Juan de  Acosta), Vicente “el  Boquín”, quien se ordeñaba cuarenta  vacas sin ayuda  de  nadie;  compae  Chicho; Álvaro  Pacheco; el  Negro  Elías; Cayetano Hernández; Martín Yuca Asá; Manuel Jiménez; “Royete”, “Chanato”; Miguel  Esquea; Polo Rocha; “el  Negro  Valiente”; José Santos; “Mogolla”; “el Varón de  las  Flores”; Siméon Molina… es posible  haya otros, tienen  a su  nombre comentarios e historias  referentes… Por  igual, entre forzudos que subían y  bajaban  pesados  bultos y  cajas  de  gran tamaño en los camiones de  carga, también tuvimos, entre  otros,  a   “José Carracho”; Diego; Luis  Vicente; Geño el  de  Concha Luca;  Wilfrido, el  saquero; Facundito…y que  disculpen   los no recordados…
En  los pupitres de estudios primarios  que  me tocara  vivir, pulseaban por su  parte, terminando en pelea  segura todas las apuestas, Chema Pérez (+) contra  el  hijo  de “el Negro Pérez”; Lucas  Coronell, contra  Mariano  Molinares; Luis  Arévalo (+) “Mojoncito”, contra Carlos  Barraza, uno de los Barraza  que  cuidaban la  finca de  don Hernando por los lados de El Vivero; Oscar  Viloria contra Vicente de la Torre (+) “Burroe’plomo”…, recuerdo así  también que en una escuela  de alfabetización nocturna  que  dirigía  Marceliano el de “la Niña  Ramona”,  en el  garaje  de  la  casa  cural,  pulseaban los mellos  de  Joselito;  Napoléon y  Belisario,  contra  Eduardo  “el Merocho” Echeverría; “ Chanato”contra  Virgilio, el  hermano  de  “Mamonazo”,  y el árbitro  de todas estas   competencias era  el Viejo  Rome (Romelio  Padilla +),  todo esto a espaldas  del  profesor  y  mientras él  le echaba aire a una lámpara  de  gasolina marca “Optimus”  que siempre  tenía  la  caperuza  rota, a la que le adaptaron  un  tubo  que  no era  un tubo  sino  un cilindro  de angeo  algo roto y  por  donde Romelio,  soplando  la  caperuza, la  tumbaba para que   esa  noche  no  hubiera  clase…Y de entre ellos,  se decía  que, apretándola contra los dedos,  “Chanato” salvajemente doblaba  una moneda  de diez  centavos sacándole  la  lengua  al  indio Calarcá que en  una de  las  caras de la metálica pieza   venía grabado…
Para  esa  misma época, la  de los pulseadores  y  forzudos, un día  cualquiera  de  mayo, portando  una pequeña maleta  de  cuero  de  babilla, al  restaurante  de Josefa, ubicado en la  Calle del  Repaso,  sin camisa, con un pantalón negro ceñido al cuerpo y ajustado con una correa de  cuatro  dedos  de ancho  y  una hebilla de bronce en forma de  herradura;  calzando botas de  tacón tejano, luciendo gruesas manillas en las muñecas y  un cordón negro con un filoso colmillo de fiera antigua colgado  al cuello; de  larga cabellera rubia amarrada con una cinta a la manera de una cola de caballo y  con un  rostro de gitano  vagabundo y  de ojos  verdes,  entró  el “León Americano”;  traía hambre,  era un león con hambre que traía un  hambre vieja   de  viajero de largo camino que,   por  la  sapiencia  de  su  nariz,  sabía  dónde  vendían  comida  bien hecha y  barata.
El  visitante tenía en  la cuadrada  espalda  y en sus gruesos  y  potentes    brazos unas  tremendas  cicatrices que  le  relumbraban. Los asistentes  le  miraban asombrados y  fue por  ello  que  sin preguntarle  nada  nadie,  para satisfacer  la  curiosidad de todos,  con  voz fuerte el  visitante  dijo:
-No crean que   son de  gatos. Son  zarpazos de  tigres,  de leones y  osos.  Bestias  poderosas. Soy  “el  León Americano”, hombre  de  circo, luchador y  pulsador  profesional por  más de cuarenta años.  Ahora  tengo  mi espectáculo  propio y actúo  solo.  Voy  de  pueblo en pueblo y  hoy me  presentó aquí. Por  favor,  que  me sirvan ya  cinco  platos  de  mondongo antes  de que en  verdad  ruja y  me  coma a alguno de ustedes  vivo.
Frente a nosotros  estaba  el  famoso “León Americano”, de él  se  oía hablar porque  salía  en  la prensa  retratado promocionado  épicos combates de leyenda y de  farándula  contra  su eterno  rival el  negro  chocoano  “Sansón Murillo” y contra “el Profesor Nakayoma”
-He viajado  por  todo  el  mundo- continuó  diciendo- doblo  cualquier objeto  de  metal templado, y  he  cargado  peñones de cualquier  tamaño.
Al borde  de este  monólogo, servidos  por  Josefa los cinco platos de humeante mondongo, el “León Americano”  había  devorado  ya  tres  sin parar e iba  para  el  cuarto  y  al parecer pediría  dos más.
-Crecí  en el  circo- continuó- a los 12  años y  medio, siendo  yo  la  figura  del espectáculo,    le fracturé  una pata  a un oso de la  carpa cuando  entre  los  dos  nos  dimos un abrazo  de  muerte…La  verdad,  crecí  entre  aceradas  garras,  no  conozco el dolor, domino  el  cansancio y  llevo  en  mis  narices el  vaho  de  la  tragedia.

Al  terminar  de  engullirse el  último plato  de  mondongo,  el “León Americano”  se  puso  de pie. Ahora  le  conocíamos  de  cuerpo entero; era alto, fornido, extraordinariamente corpulento  y  macizo.  Un hombre a quien, seguro, la mamá le crió con dos lecheras tetas más alquiladas cuando niño. Para  mí era como  uno  de  esos  personajes  salidos  de  las  radionovelas  de aventuras que  daban  en Emisoras Riomar del Circuito  Todelar de Colombia, pero  de  viaje  corto  entre  nosotros y  sin  rival  posible que le  buscara  reyerta.
Con  cara  de regocijo, luego  de eructar  tres  veces  y  beberse sin respirar  seis vasos    de agua  de  panela con hielo  como  sobremesa, el “León Americano” dijo a los  concurrentes  en el  sitio:
-Quiero hacerles una pública demostración de mis fuerzas. - y  preguntó: ¿Dónde hay  aquí alguien  que  quiera  pulsear  conmigo?
La  gente pensó en cualquiera  de  los  pulsadores locales; pero ante aquel  hombre revestido  de  gigante,  con el  rabo entre las  piernas, nadie  dijo  nada.
-Si  no  hay  ninguno, llévenme  donde  exista  una piedra gigante, la  cargo y  la  llevo  hasta  donde ustedes quieran y  la  vuelvo a colocar  donde estaba- propuso el forzudo.
Seguido ahora de una desconfiada multitud, minutos después, el “León Americano” fue  llevado  hasta  la esquina de  la casa  del  viejo  Santos  Tusa, allí , en efecto,  semienterrada había  una roca grande  de los tiempos de la colonia, era alargada  y, según los conocedores, tenía algo así como  17 arrobas de peso.
El  “León Americano”,  miró la piedra  de lado a lado. Era  una gigante peña  que  la  naturaleza, por  esas  cosas  inexplicables de ella misma, dejó  allí  hacía ya  siglos, y  era  también,  la  misma,  lugar  y  referencia  para  encuentro de amigos que, de tarde,  sentados  encima de ella,  sobre  cualquier  cosa conversaban para no   aburrirse cubiertos de muerte… Y he aquí que, de pronto, tuvo lugar la pavorosa realidad. El musculoso tipo  la agarró  por  un lado, luego  por  el  otro, se agachó  un poco y contra el pecho, luego de tres sonoros peos,  se la  llevó  de  un  jalón. La    realidad era  más  grande  que  la evidencia. Aferrado  a la  roca, aquel  hombre, paso a paso, sobreviviendo  al recorrido entre  pujidos, sin un  hueso  roto colocó la inmensa piedra  en  mitad de la plaza. Se  sacudió las  manos.  Entró  como  si  nada a la  cantina de  “la  Niña  Sara” y  se  bebió  cuatro Coca Colas seguidas   para  el sofoco. Y  sin olvidar  la  tarea, dando  media vuelta, de repetición  y  con  la  multitud detrás, llevo  la  piedra a su  lugar.
-Eso no es na. Eso  también lo hace  Compa  Chicho-consideró incrédulo  “el  Churre, ante  la  mirada  de reproche  de  los presentes.
El “León Americano”, deshumanizado por lo  que oyó, respondió.
-Tráiganlo y  que  yo  lo  vea.
Y el  corto  rato  de  consustancial discusión terminó  cuando  “Carlos Chillo”, uno de  los presentes, asomado  a la  realidad de  las  cosas, entendiendo  que  lo  hecho  por  el  gigante  forastero estaba  fuera  de  todo ámbito, dijo:
-Sí, cómo no. Espéralo.  Será   marica compae Chicho de vení a cargá esa piedra pa’ herniase una tripa”…

Debo  decir  que  en  verdad, Chicho, ni por allí  se asomó.

Enviado por Walter Pimienta 

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