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Su opinión Patrocinadores Normas Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca 17 usuarios en línea • Sáb. 15 de Dic. de 2018

Crónicas del  otro  Macondo -Historias  para  ganarle  al  olvido-
“El  Mono  de  Atala” LA LINTERNA  DEL  PARQUE

Cuentos y relatos globales. 25.11.18 
Todos los  demás dormían, menos el  de  la  linterna y  ellos…
Escribe;  Walter  E. Pimienta Jiménez.- A Pablo le cayó el haz de luz en toda la cara y el molestoso encandilamiento le hizo mover el rostro a uno y otro lado. Era potente.
Pablo estaba con “Z” debajo del primer piso del campanario de la iglesia del pueblo, sitio inapelable de las amorosas citas clandestinas porque allí la noche se hacía más oscura.
Pablo, herido por la claridad que le volvía invidente, se cubría el rostro y “Z”, agachada en un rincón, apoyada contra una columna de la espadaña, no se deja ver. Ya el camión lechero de Lázaro, que era el último en llegar de la ciudad, había entrado y aquella luz no provenía de la batería de un vehículo automotor sino de una linterna de mano que alguien, a no menos de doscientos metros, en línea recta, oculto en las sombras, porque en el pueblo para entonces no había alumbrado eléctrico, en dirección a ellos manipulaba. Serenaba y era octubre.
La luz del proyector se movía. Quien la tenía en sus manos, divertido, buscaba a “Z”. El aparato tenía pilas suficientes para alumbrar toda la noche. Serían las diez en los relojes de este lado del mundo. El pueblo dormía, todos los demás dormían, menos el de la linterna y ellos.

Pablo se mudaba de sitio y el hombre de la linterna del parque, que fijo en un lugar llevaba ya unos veinte minutos sin quitarles la vista, también desplazaba el chorro luminoso en el mismo sentido. Un viento frío sopló. El cielo quería despojarse de toda la lluvia que sus negras nubes cargaban pero lo hacía con pausa, en forma de chaparrón impertinente. No había luna, sólo un foco que alumbraba a Pablo y que le perseguía en cada circulación que hacía como respondiendo a la indicación de una señal o guía.

Durante unos segundos, Pablo tuvo la sensación de que la persona de la linterna venía hacia él, pero aquella se divertía no dejándole hacer su faena de novio joven impulsado por un corazón que le hacía parar todo cuando veía a “Z”. Él cambiaba de lugar y la luz también, y la luz ahí, cegándole…Desde su perspectiva, el incandescente surtidor, venía de la esquina opuesta, atravesaba el parque y chocaba contra la puerta de la iglesia pudiendo ir más allá si esta no hubiese estado cerrada.

Un perro ladró y enseguida dejó de hacerlo cuando el de la linterna lo alumbró. La luz hizo un giro y, otra vez se posó en la imagen de Pablo quien dio la espalda y agachó la cabeza. Los almendros del parque se agitaron a un mismo ritmo y un pájaro nocturno voló.

Pablo permaneció unos minutos sin moverse. De pronto el foco se apagó, pero él sabía que el de la linterna estaba allí y que aquello era más bien como una advertencia. Pensó en arrojarle algo, una piedra, un palo, pero en la oscuridad no encontró nada. No tenía arma y, otra vez, la ocurrencia de la luz de golpe en sus ojos. “Z”, en un extremo parecía invisible.

Espoleado por la rabia, sacando valor, Pablo, esto gritó al de la linterna:

-¡Marica¡ ¡Pendejón¡ ¡Qué es tu vaina¡

…Y no hubo respuesta alguna. “Z”, en el padecimiento de su angustia, quería mostrarse; pero le preocupaba que su padre se entera de lo malo que hacía.

-Quédate quieta. No te muevas- le dijo él.

El alma de la noche era oscura, pero no en el campanario de la iglesia. “Z” se sentía descubierta.

El resplandor de la linterna, de manera fija y sin esquiveces, buscaba los cuerpos. Ella tenía el corazón en la boca. Pablo, ofuscado, se escondía con el antebrazo. Sabía que lo único razonable era huir de ahí, mantenerse inmóvil, en completo silencio y controlar la situación. Sin embargo, pensando en “Z”, se le ocurrió el escape.

Tomó a “Z” del brazo y sin más opción, por el arco derecho del campanario y, de espaldas, con ella de la mano, ambos salieron corriendo alcanzados por el haz de luz de la linterna girando en torno de ellos. El bombillo iluminaba con gran poder desde la otra esquina en la dirección en que lo apuntaban.

Ya en la plaza, la pareja era una silueta que retomaba el aliento y, jadeante, él le dio un beso, un solo y único beso, el único, el primero y último que le dio en la vida…Fue una mezcla indefinida de susto, de labios reprimidos y de corazón exaltado y con el amargor del olvido; cada uno tomó por su lado en medio del ladrido de los perros. Había dejado de serenar como serena en octubre.

“Z”, como un reclamo a la vida, en silencio iba llorando; el olor del perfume del “cariaquito morado”, por la humedad, se le extinguía en sus ropas. Pablo, en cambio, extinguía su rabia agarrando una piedra que encontró en el camino lanzándola lejos y sin misericordia contra la imaginaria cara del hombre de la linterna del parque. El suyo con “Z” fue un amor de confesión y nada más; de anécdota insólita que ahora me cuenta y que busca transmitir a alguien…y entonces refiere que también lloró una lagrima por su amor, por “Z”, de quien inhaló en el aire el olor del perfume del “cariaquito morado” que ella usaba. Había dejado en la oscuridad del campanario, la otra mitad de su alma…

Con cautela y aminorando sus paso, Pablo entró a su casa por el portón. Había dejado su hamaca guindada en el corredor. Su perro, “Capitán”, le saludó con su voz de rabo. Él ignoraba que su madre no dormía o que durmió a saltos. Escuchó un rumor, un ronroneo. Se metió en la hamaca buscando un sueño incierto y escuchó que su mamá le dijo:

-Me alegro tenerte de regreso. Arrópate bien, no te vayas a refriar.

Y suspiró aliviado.

Al día siguiente, Pablo se encontró con Alfonso en la única carnicería del pueblo. Este le miraba y le miraba y en el desconcierto de las voces y de la algarabía de los compradores, se reía y se reía con una risa de universo propio…
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