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Molino de papel - En el día mundial de la tortuga, mayo 23 MI TIO GOYO, EL HEROICO | | Cuentos y relatos globales. 24.05.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Allí, frente a la que entonces sería la silenciosa, arenosa y hermosa playa de “Las Ventanas, un día de mayo de 1963, mi tío Goyo, llevaría a cabo el acto más “heroico” de su vida. No estaba él esa vez en ninguna gesta independentista, se encontraba por ahí , a la media mañana, buscando unos terneros extraviados que se le habían escapado del chiquero contenido en el corral de ordeño que hubo en los tiempos de gloria y prosperidad en la finca de mi abuelo Hernán, “La Playa”. Mi tío Goyo, esa vez, cazó una tortuga. Algo como para no ignorar. Seria de las últimas que ya empezaban a escarcear, algunas de las cuales, según Jorge Rocha, vecino pescador de la misma zona, si no salían a desovar en mayo, entonces lo hacían en noviembre, ocasiones que él aprovechaba para, de manera furtiva, dando expectante salidas al sitio, mayormente de noche, darles beneficiosa caza furtiva. Lo más lejano que quizás tendría esa vez mi tío en su mente, quizás en el umbral de sus cuarenta, sería esta vivencia: cazar una tortuga gracias al desvarío de unos terneros extraviados y desmadrados. Contaba “Goyito”, como le decíamos, que calladito, vio la tortuga haciendo un hueco en la arena seca con las aletas y que en este, acomodada, empezó a poner sus huevos (desovar) y que era grande, muy grande...Que se le cercó sin que ella lo observara, que se quitó la camisa y enseguida, como una ave rapaz, resuelto y lleno de valor, se le tiró encima y que aquello fue como una lucha de toros; en ese cao de un “toro viejo” con una agreste e indómita “caparozonada” bestia que en su desespero estuvo a punto de ganarle la pelea y, suspendiendo su desove, casi retorna al mar. Pero que por suerte, Goyito, antes de que esta entrara al agua, haciendo un esfuerzo magnánimo se le lanzó de nuevo y logró voltearla, acción que para esta clase de animales puede ser causa de una horrible muerte y en la ausencia de sus aleteos, las hace “obedientes” al enemigo reductor. | No jodaaa... y temblando de miedo, ganó mi tío Goyo aquella batalla que solo vio el cielo sin tambores de guerra y de la cual le quedaron a él, en el pecho, en los brazos y las costillas, marcas de un sufrir y leves cicatrices de una lucha por vivir. No fue aquello, para él, un triunfo al caído en la arena pero sí, casi un derrotado momento a punto del lloro... He ahí, amigos, lo mas heroico que en su vida, como se los cuento, “elevando el estandarte de la gloria”, como si fuera este su habitual botella de ron, hiciera en su vida mi tío Goyo. ...Y contaba más el tío... que llevado por su arrojo y bravura, aunque cansado, al hombro se trajo al rancho de la finca la tortuga y que allí, a fin de asegurarla, con una cabuya, a un horcón la amarró como un ternero y así tener tiempo para poder hacer los oficios del resto del día y después llevarla al pueblo y, ya en su casa, ver que disponer con ella. Y fue en la tarde-noche su arribo visto por la curiosidad de la gente entrando al pueblo en su mula trayendo del monte, como carga, un tercio de leña en un costado y como contra peso, en el otro, la tortuga viva. ¡Y oh qué asombro el de “la Calle Nueva” cuando airoso el heroico Goyo llegó a su casa! La gente, azorada, corrió a ver tal cosa... En tanto él, explicando aquello, mostraba orgulloso, a todos, las marcas de su lucha respondiendo y explicando a estos cuanto le preguntaban contemplado en el suelo y boca arriba, la tortuga maniatada. La noticia, de un interlocutor a otro, llegó a mi casa. Mi padre, mi madre; Cristina, mi hermana, y yo, procedentes de la “Calle del Reposo”, donde vivíamos, fuimos a ver lo corrido y recuerdo que llegando al escenario, ayudado por las luces de varias lámparas de gasolina, Víctor Lascarro, el vecino de mi tío, en ayuda, con un filoso machete y un martillo, dándole golpes, en vivo, quitaba el caparazón a la tortuga que, moviéndose agitada, aleteaba debilitándose poco a poco y distante, yaciendo flácida sobre una lona ofreciéndose a la familia y a la vecindad como comida, cerrando sus húmedos y ojos y dolando a un costado la cabeza. No retraigo el recuerdo, tenía yo unos 10 años, cierro los ojos y aún hoy, en las sombras, veo de la tortuga que cazara mi tío Goyo, su último gesto de muerte indefensa rodeada de gente. Sacaron sus carnes, sus huevos...fue conmovedor; extrañamente aún se movía y parecía estar viva. -Cómete el corazón y tendrás larga vida - le grito emocionado Lascarro a mi tío Goyo, el heroico- que cazó una tortuga que no murió en el mar, que no viviera siglos y que esa noche, ya sin el hogar de su caparazón encima, no durmió en su acostumbrada costa rocosa. Lo confieso hoy ...si no lo hubiera visto, no lo hubiera escrito...
Walter Pimienta J. |
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