 |
-Molino de papel- HUELE A TORO | | Cuentos y relatos globales. 28.06.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Cada vez que en el pueblo la gente veía pasar a Alejandro Ahumada, mezclado entre sus propias vacas mientras las llevaba a pastar a su finca, hablaba de su historia en voz baja; sin embargo, nadie se atrevía a decirle nada. Lo mismo acontecía cuando entraba al billar con ganas de jugar una partida: ninguno de los allí presentes era capaz de espetarle, de forma peyorativa o metafórica, lo que por su conocida situación tanto querían decirle. A la multitud que esa tarde colmaba el billar le incomodaba su presencia, la cual consideraban aberrante. Pese a ello, manteniéndose reservados y aceptando a regañadientes su fortuita aparición, todos se guardaban el secreto de aquel cuento —no tan cuento— que lo distinguía, sobreviniendo siempre entre los asistentes quien lo retara a un ocioso juego de 323 carambolas .Partidas de las cuales, en más de una ocasión, entre retado y retador, surgía una digna amistad y un vínculo en el que el confrontado jamás le mencionaría lo que otros callaban, de modo que, a partir de ahí, ni el uno ni el otro se perdían el respeto y la confianza. Por otra parte, a Ahumada le gustaba hacer amistades permitiéndose un temperamento suave, familiar y adorable. Quince años después de aquello que le ocurrió —o que terminó por domesticarlo—, Alejandro, el desdichado, ya estaba acostumbrado a esa otra naturaleza descubierta cuando quiso despejar una duda, o tal vez una falsa impresión. Desde entonces, vivía debatiéndose entre lo bueno y lo malo, entre la verdad y la mentira. | La diversidad de caracteres entre los hombres hace que una misma verdad, dicha de la misma manera, provoque reacciones distintas en cada quien. Lo que para unos sería motivo de disgusto, vergüenza o enojo, en Alejandro apenas suscita una sonrisa. Acaso por la buena crianza que le inculcaron sus padres, aprendió a vivir en paz con aquello que es, sin importar que se lo recuerden o no. Y si alguien, con ánimo de provocarlo o simplemente de nombrarlo, se lo dice de frente, él suele mirarlo a los ojos y responder con una expresión tan graciosa como desarmante, dejando claro que no alberga resentimiento ni antipatía alguna. Antes bien, parece disfrutarlo con la misma naturalidad con que disfruta de su baño matinal de agua caliente o de su acostumbrada copa de vino a las tres de la tarde en el bar de “Perico”, donde las horas transcurren lentas y la vida se deja llevar sin mayores sobresaltos. Podría pensarse que Alejandro adivina el pensamiento ajeno, adueñándose de esas palabras que la gente anhela pronunciar pero calla; como si este don fuera un atributo deleitable que él celebra cada vez que intentan evocarlo. No obstante, posee una cortesía tan genuina, una delicadeza tan innata, que incluso ese deje imperioso y altivo —del que a veces se contagia, sin querer, por el peso de su propia condición— le resulta extrañamente favorecedor. Alejandro es el pilar de una paternidad entregada; un hombre que, entre la obligación y la ternura, guarece a sus dos hijos de los abismos del mundo y les siembra la virtud. Su esposa, Alicia, comparte el oficio callado de Soledad —la de Emilio José—: ese transcurrir de ropa lavada, agujas e hilos, llantos por culpas imprecisas y risas prontas. Hay días, sin embargo, en que Alicia es idéntica a Soledad en su frescura: un cauce de agua limpia que corre libre y alegre desde la entraña del monte. Y es en ese destello de naturalidad donde el amor de Alejandro echa raíces. Entonces sobrevino el quiebre fatal en los días de Alejandro, gobernado por aquella máxima que alguna vez se grabó en el pecho: «La verdad hiere menos si nos llega disfrazada de broma, y es más leve aún si la descubrimos por mano propia». Así, un aciago veintiséis de marzo de mil novecientos... decidió cruzar el umbral de la bruja Lucrecia, carcomido por la sospecha de que su joven y hermosa esposa lo traicionaba. La hechicera, midiendo la agonía del marido, le garantizó un veredicto definitivo e infalible. Le extendió un pequeño frasco colmado de un licor ambarino: debía apurarlo de un solo trago antes de entregarse al sueño, no sin antes encomendar su suerte a San Cipriano de Antioquía. —Su esposa ha quebrantado los votos sagrados —sentenció la bruja—. Su castigo será verlo transformado en toro. Alejandro arrastró los pies de vuelta a casa. Aunque le confió a Alicia el veredicto de la hechicera, guardó para sí el secreto del remedio. Entrada la noche, tras murmurar con fervor la oración al santo, apuró el líquido ambarino en la penumbra y, en un silencio absoluto, se entregó a la cama. Al despuntar el alba, la mujer abandonó el lecho dejando a su marido sumido en un profundo sueño. Más tarde, extrañada por la ausencia de Alejandro en la mesa, fue a buscarlo a la alcoba; allí, paralizada por el asombro, halló en su lugar a un formidable toro blanco de cornamenta imponente y denso aroma a establo. Ante la macabra metamorfosis, profirió un grito desesperado. Clamó por su hombre y, postrada al pie de la cama, terminó confesando su culpa: se había entregado a Berrocal, el gallardo gendarme recién llegado al pueblo en aquellos años. Desde entonces, el maleficio es un secreto a voces; cada vez que el pueblo ve a Alejandro arrear su ganado hacia el pastizal, murmuran la historia con fingida piedad, conteniendo el impulso irrefrenable de gritarle a los cuatro vientos: ¡Cachón! |
|
|
| <-Volver |
|
|