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-Molino de papel-
MAÑE DE 8 a 4 
Cuentos y relatos globales. 05.07.26 
Escribe; Walter Pimienta J.- A las ocho de la mañana, tras un desayuno «bien trancao" tomado una hora antes —consistente en un recalentado de arroz de frijol, tres huevos fritos, carne desmechada, dos arepas de queso, chocolate o café, y el infaltable jugo natural de guayaba—, Toño sale de su casa rumbo al trabajo. En la mano, balanceando una bolsa de manigueta, lleva su pijama y unas chancletas. Su jornada, que se repite idéntica todos los días, se extiende hasta las cuatro de la tarde.
Toño trabaja en una colchonería del centro de Barranquilla. No es vendedor ni fabricante, tampoco el celador del establecimiento; sin ser nada de aquello, Toño cumple allí su jornada diaria. A diferencia de otros obreros, él no padece el sol implacable del Caribe; trabaja a la vista de todos, protegido detrás de las vidrieras del local. Los transeúntes que caminan por el sector se detienen intrigados ante el escaparate. El insólito espectáculo les arranca una leve sonrisa o algún comentario burlón. No es que conozcan a Toño y busquen complicidad con el gesto; es el asombro ante un oficio tan singular.
Para la mayoría, un trabajo de tal naturaleza resulta inimaginable, casi inefable. En un mundo donde los hombres se ganan la vida como meseros, cantineros, carniceros, cocineros, choferes o cargadores de bultos; o como cajeros de banco, cuya corta felicidad consiste en contar y guardar el dinero ajeno; o bien vendiendo libros y periódicos en las esquinas, o incluso sumergidos en la infamia de limpiar alcantarillas, el dueño de la colchonería le diseñó a Toño un empleo a la medida, en un cuarto acondicionado especialmente para él. Allí, a la vista de todos, se le ve plácido y feliz. En la colchonería, Toño no hace otra cosa que lo suyo y  gracias a esta estrategia, el negocio prospera y las ventas marchan muy bien. 
Nadie habría considerado que aquello pudiera ser un oficio real, pero Toño encontró la oportunidad en los avisos clasificados del diario El Heraldo. El anuncio solicitaba un «sleepyhead». Intrigado por el término extranjero, y tras acumular cinco meses «varado», pensó que la rareza de la palabra ahuyentaría a otros aspirantes. Presentó su hoja de vida y, tras superar los rigurosos exámenes médicos exigidos por el cargo —evaluaciones de neurología, neumología y psiquiatría—, fue aceptado de inmediato, sin que mediaran preguntas sobre sus habilidades previas. El sueldo quincenal de $1,675,50 pesos resultó más que suficiente para sostener los gastos de su hogar. 

Mañe —como también le llaman de afecto— trabaja de corrido, sin pausas para el almuerzo. De ahí la importancia de su desayuno reconstituyente, un ritual que ejecuta masticando lento, bocado a bocado, para inyectarse la energía necesaria. Ese bálsamo tibio que alimenta el alma y previene el cansancio que a cualquier otro, a esa misma hora, lo rendiría ante la necesidad de una siesta. Mañe cumple su labor a cabalidad, haciendo de día lo que para muchos es una pérdida de tiempo o una penuria nocturna. Y se entrega de forma tan genuina a su deber que, a las cuatro de la tarde, deben avisarle que su jornada ha terminado, algo que él acepta casi a regañadientes. Es un ejemplo laboral; no existe en la ciudad un empleado más dedicado, a pesar de que muchos codician su puesto. 

¿Pero de qué trabaja Mañe? 

La respuesta es simple: trabaja como dormilón profesional de día. Su labor consiste en promocionar, acostado en la «Colchonería Doctor Colchón», la efectividad y el confort de los «Colchones Insomnio Cero». 

Y colorín colorado, este sueño se ha acabado. Son las cuatro de la tarde y la descansada rutina de Mañe llega a su fin. 

—Mañe, despierta,  despierta, ya es hora —le dice don Federico, el dueño del negocio, mientras le interroga—: 

¿Dormiste? ¿Dormiste bien?

—Sí —responde Mañe, desperezándose- hasta soñé.

—¿Y qué soñaste? —vuelve a preguntar el jefe.

—Soñé conmigo mismo. Soñé que soñaba.

—Entonces, si soñaste que  soñabas, los colchones pasaron la prueba de calidad... ¡Qué bien! 

Ya despierto y vestido de civil, Mañe sale a la calle. La tarde barranquillera cae fría y la oscuridad avanza poco a poco. Enciende un cigarrillo, le compra un tinto a un vendedor ambulante y observa cómo la vida se lee en el rostro de la multitud. Las luces de neón comerciales comienzan a encenderse por todo el centro e Inmerso en su propio insomnio, en medio de un bosque de gentes que van y vienen, aborda el autobús de regreso, rumbo a las cuatro paredes de su eterno desvelo.
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