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-Molino de papel-
EL GALLO DE LAS ESPINOSAS
Cuentos y relatos globales. 04.10.26 
Escribe; Walter Pimienta J.-  Que esto ocurrió, ocurrió: fue en octubre de 1965. Al principio nadie se preocupó por el canto extraño del gallo de las Espinosas. En Calamar siempre cantaban los gallos a la hora exacta; entre estos, el de ellas, que mandaba a los pelaos para la escuela sin necesidad de reloj. Aunque había algunos que, un tanto “desvirolados” lo hacían a deshoras. Sin embargo, el canto profundamente triste y afligido del gallo de esta penosa historia, no era un canto: era un lastimero y acongojado grito. 
La peste había llegado con las abundantes lluvias de octubre. No fue moquillo, no fue viruela; fue algo que nadie había visto antes. Las gallinas se ponían blancas del pico, se les hinchaban los ojos como si hubieran llorado toda la noche y amanecían tiesas debajo de los palos de calabazo en los patios. En tres días, las veredas de Sato, Machado, Pilón, Monroy y San Joaquín se quedaron sin una sola pluma. Y, en una semana, los gallineros de Calamar, Arroyohondo, Hato Viejo, Barranca Nueva, Barranca Vieja y El Yucal quedaron pelaitos.
Anastasio Ballestas, a la sazón alcalde de Calamar, y un grupo de veterinarios de la región, tras adelantar una investigación exhaustiva —cuando las investigaciones eran verdaderamente exhaustivas y no como las de ahora—, dijeron que esa vaina que les estaba dando a las gallinas del Canal del Dique,  era Newcastle. «¿Qué es eso?», preguntaba la gente, «¡expliquen». A lo que Luis Matute, tegua en aves de corral y pájaros enjaulados, simplificando las cosas, le dijo al mundo: “Eso es moridera de pico blanco y no hay cucharada de verbena y paico que las salve”.
El viejo Otomán Molina, de la vereda Las Flores, no creyó aquello por la absoluta falta de sentido común al decirlo. Se quedó mirando al monte, abrió la Biblia ya gastada en los bordes y leyó despacio: Génesis 6:5-7:24, Génesis 19:24-25 y Deuteronomio 28:15-68.

Y de golpe, besando el libro, lo cerró, se persignó y dijo:

— Es por la maldad de la humanidad.

Para aquello, por dicho, no había remedio. Las señoras Espinosas, que tenían el gallinero más grande de la cuadra — ciento veinte ponedoras coloradas y un gallo pinto que pesaba casi ocho kilos —, vieron cómo se les morían de a veinte por noche.

Doña Marusa Espinosa, la mayor de las tres hermanas, las enterró ella misma con pico y pala. Sin cajón. Sin cura y sin  llanto prestado.

Mientras tanto, la menor, Ildefonsa, ese día no pisó la tierra. Se sentó con los pies levantados en una mecedora de mimbre en el cuarto de su soltería y empezó la novena. Un rosario diario durante 9 días a Nuestra Señora de la Salud y a San Roque, patrono contra las pestes. Marusa cavaba. Ildefonsa rezaba. Una abría la tierra, la otra le pedía al cielo que no se les muriera una gallina más. Al tiempo que, la del medio, Severina, con voz resonante, solo decía: "esto no es peste, esto es envidia".

El pinto era un gallo hermosamente basto y arrogante, de esos que no se olvidan. Tenía una cresta roja, encendida, de seis puntas afiladas como una corona, el pecho negro como un  tizón, el lomo colorado y las alas salpicadas de blanco. Brillaba aceitado, como si lo hubieran pintado a mano aquella mañana. Era grande y pesado como un toro, y las gallinas lo sentían así. Había nacido ahí mismo, debajo de la hornilla de las Espinosas, hijo de una gallina cachaca que Ildefonsa trajo de Suesca en un viaje de vacaciones, y de un gallo mampolón que le compraron a Jonis Guzmán, un fotógrafo viajero de Campeche. Tenía seis años. Para un gallo, seis años es ser anciano, ser sobreviviente. Estar porrilludo y condenado a mandar solo por costumbre de gallo.

Cuando se murió la última gallina de las Espinosas, su favorita —una colorada a la que él dormía abrazado por las noches y que en el día montaba nueve mil novecientas noventa y nueve veces y media— el pinto no comió por dos días. Y al tercero enloqueció.

Empezó a cantar a las diez de la mañana. Después a las once. Después a las dos de la tarde, con el sol pegándole de frente. Cantaba parado en la mitad del patio, con el cuello estirado, mirando la puerta del gallinero vacío. No era el cocorolló de siempre. Era largo, quebrado, como si se le atorara. Los vecinos pensaron que era que tenía la peste también.

Doña Marusa le llevó maíz. No comió. Agua con ajo, que es el remedio para todo. No tomó. Le llevó otra gallina prestada de la casa de los Rodríguez, parecida a la difunta para ver si se le pasaba. El pinto la miró, la picoteó y se fue a arrinconar solo.

Entonces empezó lo peor. Cantaba a cualquier hora de la noche.

A las doce. A la una. A las dos y media. Un canto que no dejaba dormir a nadie en tres cuadras a la redonda. No era un canto de gallo. Parecía una persona imitando a un gallo y olvidándose a la mitad.

La gente se empezó a quejar en la tienda de Ángel Tejera.
"Marusa, regale ese gallo, que no deja dormir."
"Marusa, mátelo, que ya está loco."
"Marusa, ese gallo está viendo ánimas."

Pero Marusa no lo iba a matar. Ese gallo era lo único que le quedaba de su gallinero. Y además, le tenía miedo. No miedo al gallo, sino a lo que iba a pasar si lo mataba. Porque en   Calamar hay una ley no escrita: si una peste se lleva a todas las gallinas y deja solo al gallo, ese gallo ya no es tuyo. Es de la peste. Y si lo matas, la peste se te mete a la casa.

Así que lo dejaron cantar.

Una noche de jueves, como a las tres de la mañana, el canto  del pinto cambió. Idelfonsa se levantó a orinar y lo escuchó. No estaba cantando en el patio. Estaba cantando dentro del gallinero vacío. Se asomó por la ventana y vio al pinto parado justo en el medio, entre las perchas vacías, cantando bajito. Y cada vez que cantaba, las perchas se movían. Como si hubiera gallinas invisibles acomodándose.
Idelfonsa gritó. Marusa y Severina se levantaron.

Las tres vieron lo mismo.

El pinto cantaba y el gallinero era un solo  cacareo como antes. Se escuchaba el aleteo. Se escuchaba el rascar de las patas contra la madera.

Severina, que era la más brava, agarró una escoba y entró. "¡Fuera, Pinto! ¡Deja dormir!"

El gallo no se movió. La miró con un ojo amarillo, fijo. Y cantó justo frente a ella.

 Severina juró después que en ese canto escuchó su nombre. No "un cocorolló", sino un  "Se-ve-ri-naaaa".

Y, del susto, se desmayó.

Al día siguiente vino el padre  Hernández de la iglesia de la Inmaculada. No quería ir,  tenía miedo a los gallos. Decía que le  recordaban la traición de Pedro. Pero Marusa le pagó con dos docenas  de huevos  de las que le quedaban guardadas y el cura fue.

Vio al gallo. El gallo lo vio a él.

El cura le echó agua bendita. El gallo se sacudió, como si fuera agua normal, y siguió cantando.

-"Este gallo no está enfermo. Este gallo está acompañado", dijo el cura. Y se fue.

Esa fue la frase que jodió a todo el barrio. "Está acompañado."

En menos de dos días, medio Calamar estaba diciendo que el gallo de las Espinosas cantaba a los muertos. Que cada vez que cantaba a las tres de la mañana, era porque una de sus gallinas muertas había vuelto a poner un huevo invisible. Que si escuchabas bien, podías escuchar a las ciento veinte gallinas contestándole.

Los niños le tenían miedo. Los muchachos, para hacerse los valientes, le tiraban piedras por la noche. El gallo seguía en las mismas.

A los quince días de la peste, Marusa tomó una decisión. Si el gallo estaba loco de soledad, había que darle compañía y así no  se muriera.

Fue a la plaza, compró un espejo de esos grandes, de baño, de los que tienen marco de plástico, y lo puso dentro del gallinero.

El pinto se acercó con desconfianza. Se miró. Vio otro gallo pinto idéntico a él.

Se esponjó y cantó.

El  del espejo también cantó.

Se miraron. Por primera vez en semanas, el pinto dejó de cantar a deshoras. Se quedó horas mirando al espejo. Se echó al lado durmiendo abrazado al vidrio. Esa noche no cantó a las tres. Cantó a las cinco y media. A la hora que cantan los gallos normales. Fuerte, largo, limpio.

Marusa lloró.

Severina dijo que era un  milagro.

Idelfonsa dijo que no, que era más triste todavía. Porque ahora había dos gallos solos, mirándose sin poder tocarse y  sin  gallinas.

El gallo pinto vivió tres años más. Guardando luto, nunca volvió a pisar gallina así  fueran prestadas. Se volvió el gallo más manso de Calamar. Los niños de la cuadra entraban al gallinero y lo alzaban. Él se dejaba.

Cuando murió, de viejo, de un infarto fulminante una mañana de diciembre, Marusa no lo enterró en la fosa común donde enterró  las gallinas. Lo enterró debajo del calabazo, con su espejo encima, para que no se sintiera solo al otro lado del que no se vuelve.

Y dicen en  Calamar,  los que pasan de noche por la casa de las Espinosas, que a veces, a las tres de la mañana, todavía se escucha un canto. Pero ya no es quebrado. Es un canto doble. Como si dos gallos pintos cantaran al mismo tiempo, uno frente al otro, acompañándose en la soledad.

Por eso, cuando en Calamar  alguien se queda solo en  la  vida, cuando se le muere toda la familia y “desvirolado”, de amor canta a medianoche, la gente dice: "quedó como el gallo de las Espinosas".

Walter Pimienta J. 

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