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-Molino de papel- Cuando aparece la palabra “FIN” en los cines
| | Cuentos y relatos globales. 18.10.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Cuando aparece la palabra «fin» en los cines, uno no sabe si es una palabra escrita en la pantalla sin signos de interrogación, pero exigiéndonos una respuesta a la que no se encuentra contestación. A veces, reparo en ella y quisiera ver el reverso de la cinta, aunque todos los asistentes se vayan y me quede solo, sentado en la penumbra, como un náufrago que se resiste a abandonar la última tabla de su barco. Me pregunto entonces qué sucede con los personajes cuando se apagan las luces, cuando la música deja de acompañarlos y el proyector, cansado de contar historias, enmudece detrás de nosotros. ¿Adónde van los amantes que acaban de besarse bajo la lluvia? ¿Qué hacen los hombres que han sobrevivido a una guerra? ¿En qué rincón del mundo se refugian aquellos que han perdido todo, incluso la esperanza, y que, sin embargo, nos dejan la impresión de haber encontrado una razón para continuar? Nadie parece preocuparse por esas cosas. La gente se levanta, recoge sus abrigos, busca las llaves en los bolsillos y camina hacia la salida. Afuera los espera la misma ciudad, con sus semáforos, sus vendedores ambulantes, sus autobuses repletos y sus esquinas de siempre. La película ha terminado y cada cual regresa a su propia historia, que tampoco tiene garantías de un final feliz. | Yo, en cambio, permanezco sentado unos minutos más. No es que espere una escena adicional, una revelación inesperada o el anuncio de una segunda parte. Es otra cosa. Tengo la sospecha de que algo se ha quedado pendiente, algo que no estaba en el guion y que, por alguna razón, me corresponde descubrir. Una noche, después de ver una película cuyo argumento he olvidado casi por completo, me sucedió algo extraordinario. La sala estaba vacía. Sobre la pantalla todavía permanecía la palabra «fin», inmóvil, blanca, rodeada de una oscuridad que parecía más profunda que la noche exterior. Me levanté despacio, pero, antes de alcanzar el pasillo, escuché una voz. —¿Ya te vas? Me volví. No había nadie. Pensé que se trataba de algún empleado que revisaba las butacas, pero la voz volvió a escucharse, esta vez desde la pantalla. —Siempre haces lo mismo. Te marchas antes de saber qué ocurre después. No sentí miedo. Tal vez porque, a cierta edad, uno termina por comprender que hay cosas más inquietantes que los fantasmas: los recuerdos, por ejemplo, y las preguntas que llevamos años evitando. —¿Quién eres? —pregunté. La palabra «fin» comenzó a desvanecerse lentamente. Y comencé mi película. En su lugar apareció una habitación iluminada por la luz de una ventana. Reconocí los muebles y una mesa de madera donde estaban dos tazas de café vacías. Era la casa de mi infancia, aquella que abandonamos cuando mi padre murió y que nunca volví a visitar. Frente a la ventana estaba mi madre, mucho más joven de lo que la recordaba en sus últimos años. Tenía el cabello recogido y sostenía entre las manos una fotografía. Miraba hacia la puerta con la expresión de quien espera a alguien que se ha retrasado demasiado. Entonces comprendí que no estaba viendo una película. Estaba contemplando un recuerdo que había permanecido oculto en algún lugar de mi memoria, esperando la ocasión de regresar. Quise tocar la pantalla, pero mis dedos encontraron únicamente el aire frío de la sala. —¿Qué significa esto? —pregunté. —Lo que tú quieras que signifique —respondió la voz—. ¿No llevas toda la vida buscando el reverso de las cosas? La imagen cambió. Ahora estaba yo, muchos años atrás, sentado junto a mi padre en el patio de aquella casa. Siempre quiso ser radio técnico para dañar más las cosas. Reparaba nuestro radio y yo le preguntaba por qué los aparatos dejaban de funcionar cuando más los necesitábamos. Mi padre sonrió y me dijo que algunas cosas no se dañaban de repente, sino que comenzaban a apagarse mucho antes, sin que nadie se diera cuenta. Me miró y entendí que su mirada me decía: “Tu siempre pretendes saberlo todo. —Algún día —me dijo en aquella escena— comprenderás que la vida no se termina cuando alguien pronuncia la última palabra. Se termina cuando dejamos de hacer preguntas. La imagen desapareció. Me quedé inmóvil. Sentí que los años se acumulaban sobre mis hombros, no como una carga, sino como una multitud de personas que reclamaban ser escuchadas. Allí estaban los amigos que había perdido, las mujeres que amé sin saber cómo decirlo, las oportunidades que dejé pasar por miedo y las palabras que guardé creyendo que siempre habría tiempo para pronunciarlas. Comprendí que yo también había convertido mi existencia en una película. Había dividido mis recuerdos en escenas felices y tristes, había señalado culpables, inventado explicaciones y esperado que, al final, todo adquiriera un sentido definitivo. Pero la vida no se comportaba como las películas que tanto me gustaban. No siempre había música para anunciar una despedida, ni una voz que explicara las razones de una pérdida. A veces, las personas simplemente se iban, las puertas se cerraban y el mundo continuaba girando con una indiferencia difícil de perdonar. —¿Y qué hay después del fin? —pregunté. La pantalla permaneció oscura durante unos segundos. —Eso depende de quien se atreva a quedarse —respondió la voz. En ese instante se encendieron las luces de la sala. El proyector comenzó a zumbar nuevamente y escuché pasos en el pasillo. Un empleado apareció junto a la puerta, sorprendido de encontrarme todavía allí. —Señor, tenemos que cerrar. Asentí y caminé hacia la salida. Antes de abandonar la sala, miré por última vez la pantalla. Ya no había letras ni imágenes, solamente una superficie blanca, vacía, dispuesta a recibir cualquier historia. Afuera llovía. La ciudad parecía recién salida de una película en blanco y negro. Me detuve bajo el alero del cine y observé a la gente correr por la acera, protegiéndose con periódicos, bolsos y chaquetas. Cada rostro llevaba una preocupación distinta, cada paso parecía dirigirse hacia un destino que nadie podía garantizar. Metí las manos en los bolsillos y me hice otra película más allá del fin de la que ya había visto. Encontré un pequeño papel doblado. No recordaba haberlo guardado allí. Lo abrí con cuidado. Era una fotografía antigua, amarillenta en los bordes, en la que aparecíamos mi padre y yo sentados en el patio el día del radio dañado. En el reverso, con su letra irregular, había escrito una frase que reconocí de inmediato: «Cuando termine esta historia, empieza la tuya». Me quedé mirando aquellas palabras hasta que la lluvia comenzó a borrar la tinta. Quise protegerlas, pero era demasiado tarde. El papel se humedeció entre mis dedos y las letras desaparecieron poco a poco, como si nunca hubieran existido tal pelicula No sentí tristeza. Por primera vez, entendí que conservar un recuerdo no significaba impedir que el tiempo lo transformara, sino permitir que siguiera viviendo dentro de nosotros, incluso cuando sus contornos comenzaran a desvanecerse. Esa noche regresé a casa caminando. Quería escuchar la lluvia, observar las ventanas encendidas y descubrir qué historias se escondían detrás de cada una. Al llegar, abrí un cuaderno que llevaba años guardado en un cajón. En la primera página escribí la fecha y, debajo, una frase sencilla: «Todavía no ha terminado». Después continué escribiendo hasta el amanecer. Desde entonces, cuando voy al cine y aparece la palabra «fin», ya no me quedo esperando que la pantalla me revele sus secretos. Me levanto despacio, salgo a la calle y miro el mundo con la curiosidad de quien acaba de comprender que la verdadera película comienza cuando dejamos de ser espectadores. Aunque algunas noches, lo confieso, me vuelve a mi película antes de cruzar la puerta. Busco la ventana iluminada y la figura de mi madre entre las sombras. Pero nunca vuelvo a encontrarla. Pero ya no me preocupa. He aprendido que hay finales que no cierran ninguna historia. Solamente nos devuelven a la vida con una pregunta nueva, con una esperanza que creíamos perdida o con el valor necesario para pronunciar aquello que durante tanto tiempo callamos. Y si alguna vez, al salir de una sala de cine vacía, escucho nuevamente aquella voz que me pregunta si ya me voy, creo que responderé sin vacilar: —No. Todavía me queda mucho por vivir y ver. Porque quizá la palabra «fin» no sea una despedida, ni una sentencia, ni siquiera una respuesta. Quizá sea apenas una puerta cerrada desde el lado equivocado. Y quizá, para descubrirlo, solo tengamos que atrevernos a abrirla. |
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