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-MOLINO DE PAPEL- (“El Mono de Atala) Crónica de una motilada CUANDO ME MOTILAN, ME MUERO UN POCO | | Cuentos y relatos globales. 25.10.26 | | Escribe; Walter Pimienta J.- Sufro del trastorno dismórfico corporal cuando me motilo y no me conozco en el espejo y tengo otro aire de rostro perturbado y "sobrenatural". Desde niño me ocurre lo del cierto pavor a los peluqueros que, a punta de tijera, cortándome el cabello, hacían de mí un espectro forjado con la anuencia de mis abuelos que me llevaban de la mano a la peluquería de "Girito" o a la de Joselito, en Juan de Costa y de allí, acabada la faena, sentía que salía siendo otro y no el acostumbrado "Mono de Atala". Hace poco me motilé y volví a sentir aquello. No he logrado salir de la infancia, allí residen mis miedos, miedos cargados de incertidumbres, miedo a los fantasmas que me metía mi hermana Cristina mostrándome el rostro cachón y rojo del diablo que salía pintado en la caja de fósforos, miedos a los muertos que se salían del cementerio volviendo a sus casas a pedir un sancocho de costillas recurrente. Y en el caso de mis motiladas, miedo al las burlas, al ridículo y a que me viera irreconocible la pelaita que me gustaba. No fue donde Girito, ni donde Joselito. Fue aquí en Cajicá, donde vivo ahora, en una barbería de esas nuevas, con luz blanca y olor a loción barata. El venezolano que me motilaría ( lo de venezolano por su hablado), me preguntó cómo lo quería y yo, por no parecer raro, dije lo de siempre: | - Bajito a los lados.
Me senté en la silla. Me puso la capa negra y ese plástico me apretó el cuello como cuando uno era niño.
Y empezó la máquina.
En el primer pase sentí el frío. Ese frío que no es del metal sino del aire entrando de golpe donde antes había pelo. Cada pasada era como si me fueran quitando una capa de historia. Yo me veía en el espejo grande, de frente, pero el del espejo no me devolvía la mirada a tiempo. Iba un segundo tarde.
Vi caer mi pelo canoso al suelo. Caía sobre la capa, se juntaba con el pelo de otros . Y yo pensaba: ahí se va “el Mono. El Mono de Atala” que conozco, el que sabe cómo miran mis ojos cuando estoy cansado. Ahí se va, en mechones muertos pro que ya no es mono.
Cuando me levantaron la capa, el espejo me escupió a otro. No era feo. No era bonito. Era otro. Tenía la frente más grande, las orejas más separadas, como antenas. La cara se me había alargado. Ese aire perturbado que digo no es invento: es como si me hubieran puesto la cara de un primo que murió joven. Sobrenatural. Como si me hubieran soplado un alma distinta por la coronilla recién motilada.
Salí a la calle. Cajicá estaba igual, con su frío sabroso de las cinco, pero yo caminaba como prestado. Me tocaba la cabeza a cada rato porque, cuando uno se motila, pasándose la mano por la cabeza, uno se reconoce como era antes, con pelo. Ahora era como tocar la cabeza de un extraño.
Y me acordé de Juan de Costa.
Mi abuelo Ismael me llevaba de la mano por la arena caliente hasta donde Girito. Girito tenía una silla de cuero rojo, rota, y un espejo manchado de mosquitos muertos aplastados Tenía un peine negro al que le faltaban dientes y que metía en un vaso azul plástico l con agua y alcohol. Y un talco de estuche redondo con una mota blanca enorme que compraba en el almacén de “la Nené”.
"Viene el Mono de Atala", decía- lo voy a jodé.
Yo me sentaba chiquito, los pies no me llegaban al piso. Girito no preguntaba cómo lo quería. Corte de niño decente. Con totuma- decía mi abuelo-. Y yo veía cómo me iba lentamente desapareciendo en el espejo. Tras, tras, tras, sonaban las tijeras. Y el miedo ahí. Un miedo sordo, sin nombre. No era miedo a que me cortaran una oreja. Era miedo a dejar de ser yo, el acostumbrado “Mono de Atala”.
Cuando terminaba, me echaba el talco, me pasaba alumbre y me mostraba un espejo chiquito por detrás para que me viera la nuca. Y yo no veía mi nuca. Veía la nuca de otro niño. Uno serio, pálido, con los ojos muy abiertos, que en nada se parecía a mí. Ese niño salía corriendo para mi casa a mirarse en el espejo del corredor, el de marco de madera, a ver si volvía.
Ante la novedad, mi mamá decía: "Ay, quedó bonito mi Mono". Y yo la miraba como pidiéndole que me devolviera.
Con Joselito era peor, porque Joselito, en radio rojo, de pilas, maca “Zenit” ponía vallenato duro y tenía revistas con cortes gringos que nunca le quedaban a uno. Joselito quería hacerme peinados. Y yo solo quería salir intacto de allí.
Uno cree que el pelo es pelo. Pero no. El pelo es la casa donde vive uno. Es el marco. Cuando te lo quitan de golpe, el retrato queda en el aire. Y si uno ya viene con esa tendencia a mirarse y no encontrarse, el motile es una catástrofe pequeña e íntima, que nadie entiende.
El peluquero de Cajicá me dijo: "Quedó melo, pa". Yo, por vergüenza, le dije que sí. Pagué. Llegué a la casa. Fui directo al baño. Me miré al espejo y ahí estaba otra vez yo sin serlo. Se me dio por creer que mis ojos, no eran los míos. Eran ojos prestados.
Me quedé un rato largo. Ese es el ritual. Uno se acerca, se aleja. Se mira de lado. Se pone la mano en la cabeza para imaginar cómo era antes. Se odia un poco. Luego se da lástima.
Me eché agua en la cabeza. Mucha agua. Como para que el cabello enseguida me creciera. Como hacía de niño cuando llegaba llorando donde mi mamá y ella me mojaba la cabeza en la alberca y me decía "ya, ya te va a crecer".
Entendí esa noche que no le tengo pavor a los peluqueros. Les tengo pavor a los espejos que ellos estrenan. Cada motilada es un estreno. Cada motilada es un duelo chiquito para “el Mono de Atala” que se va y que tiene que volver a nacer, pelo a pelo, durante tres, cuatro días, hasta que un mañana, sin avisar, me mire al lavarme los dientes y me diga: ¡Ah, volviste!
Hoy, dos días después de esa motilada en Cajicá, ya estoy volviendo. Ya no soy tan espectro. Todavía tengo el aire sobrenatural, pero ya es un sobrenatural familiar.
Sé que en dos semanas el pelo me va a tapar otra vez el miedo. Y sé que en dos meses se me va a olvidar y voy a volver a decir "bajito a los lados". Porque uno, aunque sepa que va a sufrir, vuelve a la silla. Vuelve a donde Girito, o donde Joselito aunque Girito y Joselito ya no están . Porque ser “el Mono de Atala”, aunque duela a ratos, duele menos que no ser nadie. |
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